Repensar el estado autonómico, reconstruir el sistema educativo

Editorial      Domingo 12 de diciembre de 2010

Repensar el estado autonómico, reconstruir el sistema educativo

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Repensar el estado autonómico, reconstruir el sistema educativo

Repensar el estado autonómico, reconstruir el sistema educativo

La explicación más clara y apabullante de la crisis la ofreció el lunes, en LA NUEVA ESPAÑA, el economista asturiano y profesor en Pensilvania Jesús Fernández-Villaverde. La Administración y los ciudadanos necesitan en 2011 para funcionar 50.000 millones de euros por encima de lo que van a producir. Es decir, precisan que alguien les preste 570.000 euros cada cinco minutos a lo largo de todo el año sin poseer bienes con que respaldarlos. La enfermedad hasta resultaría llevadera de no ser porque España ya debe otros 915.000 millones netos (una vez restada a la deuda total el valor de los activos españoles) de créditos anteriores.

¿Usted confiaría en una familia en situación semejante? Depende de sus integrantes. De si son laboriosos o improductivos, austeros o derrochadores. De si tienen ganas de esforzarse o sólo de llorar al pariente millonario. En cualquier caso, alguien así de asfixiado debe obtener muchos ingresos, crecer económicamente, para sostener tan ingente losa. Pues eso le pasa a España.

Los ciudadanos merecen franqueza. La situación es límite. Los que conocen las interioridades de la banca o del Tesoro público lo atestiguan. Hasta reputados socialistas empiezan a sincerarse en sus críticas a la política inconsistente del Gobierno del que formaron parte. Jordi Sevilla, ex ministro de Zapatero, escribió estos días: «El problema sigue estando en la gran distancia existente entre la magnitud de las transformaciones necesarias y la escasa ambición reformista de un Gobierno cuyo diseño de país competitivo cuesta entrever entre tanta medida burocrática». Y José Bono, presidente del Congreso y también ex ministro de Zapatero, va de frente: «Un país no puede vivir por encima de sus posibilidades. El sistema autonómico ha sido útil, pero deberíamos corregir servidumbres. Hemos reproducido miméticamente el Estado en cada comunidad con duplicidades: 17 defensores del Pueblo, 17 consejos económicos y sociales, 17 tribunales de Cuentas, 17.000 televisiones…».

Excelentes principios y excelente momento para soltar, con audacia y valentía, pesadas e inútiles cargas que nos impiden ser competitivos y lastran el indispensable despegue económico. Desinstalemos el mundo irreal en el que estuvimos nadando. Las autonomías son un preciado bien, un acierto irreversible, pero sin responsabilidad ni límites han degenerado como un hijo consentido. Es irracional que existan 17 sanidades con un gasto que casi se ha multiplicado por 17. Es ilógico tener 17 mercados, con leyes dispares y no precisamente decorativas: inciden en la eficiencia y los costes de las empresas en cada territorio.

Los asturianos pagan más impuestos que los madrileños porque así lo han decidido sus gobernantes con el argumento falaz de que así se ayuda más a los más necesitados. El País Vasco y Cataluña gozan de una financiación privilegiada, muchísimo mejor que la del Principado, por escarbar en esa aberración intelectual llamada nacionalismo, brillantemente denunciado por Vargas Llosa en su discurso al recibir en Estocolmo el premio Nobel. Las autonomías gastan más que nadie, son más opacas que nadie y resultan insaciables en lo tocante a funcionarios. No rinden cuentas, juegan al escondite y a la trampa. Recortan euros a regañadientes y ni siquiera merecen fiabilidad cuando lo hacen. No hay más que ojear el presupuesto asturiano del próximo año.

La mediocridad acampa en la enseñanza. El reciente informe PISA, examen comparado de los alumnos de todo el mundo, evidencia que España hace poco por alcanzar la excelencia. En la foto nacional, Asturias sale favorecida, pero es pobre el consuelo. Dicen que tenemos el mejor sistema educativo de la historia, pero estamos lejos de la vanguardia: tenemos 33 países europeos por delante. Dicen que estas pruebas son un instrumento para la reforma de las políticas educativas, pero nada cambia desde que empezaron a divulgarse.

En la disposición a ayudar al estudiante con independencia de su procedencia familiar, la equidad, es en lo único que alcanzamos a los mejores. Lo cual, aunque insuficiente, está muy bien, pero desnuda la única obsesión del sistema: acoger a todos por igual antes que catapultar a los más capaces. Una maravillosa lección nos brindan potencias asiáticas emergentes, como Corea del Sur, Singapur y China. Han transformado su educación y ahora copan los lugares de privilegio, desbancando a la mítica Finlandia. No es casual que sean también las economías que más avanzan, probando que un nexo directísimo une conocimiento con crecimiento.

Los partidos sólo se ocupan de sus cálculos electorales. Desprecian al ciudadano y sus inquietudes. No es mucho pedirles dignidad por una vez. Que aparquen el sectarismo y, como en las grandes ocasiones, prevalezcan la sensatez y el raciocinio. Lo lógico sería que intentaran un gran consenso que pudiera ser gestionado por ministros de cualquier color.

Entérense los gobernantes. Ante una gotera es temerario pasmarse discutiendo quién la arregla, si el seguro o el vecino de al lado. Hay que taparla de inmediato o el techo se desploma. El desmadre autonómico, la educación son dos gigantescas filtraciones -no las únicas, quizá las más graves- en nuestro tejado. Su reparación no depende de los ataques al euro ni de lo que haga Alemania. Frente a la Gran Recesión, un plan radical de choque. Nuestro, pactado y cuanto antes. No tenemos alternativa. Nos lo acaba de advertir con toda crudeza el Nobel Paul Krugman: España debería salir del euro y devaluar su moneda, pero como seguramente no lo va a hacer, nos esperan años de caídas de precios y de salarios para intentar la recuperación. Hemos pasado de administrar el despilfarro a vernos obligados a administrar inteligentemente la escasez. Y eso nos exige ser muy selectivos. Es un mensaje duro, pero cualquier otro es, sencillamente, mentira.

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